sábado, 13 de marzo de 2010

De la muerte del mito

Callaba y lo creían estúpido. Pero era tan sólo parte de su naturaleza, huraña y taciturna. Era sutilmente sensible al silencio, lo amaba profundamente. Los demás no comprendían el que no ansiara comunicarse con ellos, ignorando que ese silencio decía más que cualquier palabra.
Sus padres lo trataron con bandadas de especialistas, todos aplicando métodos fallidos, llegaron a la conclusión de que no estaba clínicamente demente, ni era mudo, pues los esfuerzos de éstos lograron arrancarle algún que otro monosílabo y alguna que otra fugaz frase que dispararon sus precavidas cuerdas vocales.
Además su madre creía haberlo escuchado cantar una vez, recordaba como lo había encontrado solitario, tan diminuto e indefenso en un rincón de aquella inmensa casa. De sus ojos maternales pendían lágrimas, que se evaporaban a la escucha de su hermoso canto, una delicada melodía se sostenía dulcemente en el aire, en ese momento no supo si de verdad su hijo estaba cantando o si todo era producto de su imaginación, puesto que enseguida que éste percibió su presencia, en aquel cuarto reino el silencio por sobre todas las cosas.
A la edad de nueve años le sucedió algo que le cambió la vida, que le hizo comprender lucidamente muchos de los misterios de ésta. Le hizo también comprenderse a si mismo con total claridad, como si la oscuridad a la que tanto temía se hubiera disipado muy adentro suyo además.
La casa donde vivía parecía un refugio de antaño donde habitaran colosos, o así la visualizaba él y sobretodo de noche cuando la negrura engullía el lugar. Y con que velocidad saltaba el corazón en su caja toráxica cuando tenía que atravesar el enorme salón en plena oscuridad para llegar a su dormitorio. El miedo estaba presente, lo sudaba por cada uno de sus poros bajo sombras. No se detenía ni un segundo y corría con la única intención de llegar a salvo a su cama. Miles de fantasmas lo acechaban en el camino, pero si tapaba sus orejas y trataba de distraer su vista de las sombras, éstos se disipaban por momentos.
Una noche, se preparaba en el umbral del comedor para la desafiante travesía hasta su cuarto. Necesitaba de un tiempo para concentrarse en algo, cualquier cosa, atenerse a una imagen fija en su cabeza o a algún recuerdo grato que tuviera en mente, una frase o canción que le gustara. Esto lo distraería y lo transportaría hacia el otro lado sin miedo alguno, pero era difícil mantener sus ojos cerrados. Cuando dio el primer paso, imitando a la luz en velocidad para así cortar transversalmente las tinieblas, creyó escuchar un sonido. Sus manos se comprimieron cobardes, quedó paralizado. Oyó con atención el extraño ruido, se hacia cada vez más latente, martillaba sus oídos. Quiso gritar pero no pudo, quizás por el desuso de su voz y la inobediencia de su garganta. El sonido lo aterraba puesto que no sabía de su origen, imaginó al monstruo que emitía el grito.
Pero su voluntad valerosa se impuso al miedo, se deshizo en su cabeza de toda monstruosidad supersticiosa y dio paso a sus conjeturas curiosas. ¿Qué era ese sonido? ¿De donde provenía? ¿Habría algún intruso en la casa? ¿Serían las voces de los antiguos gigantes habitantes de su hogar? Basta de estupideces, si quería averiguarlo debía moverse para conseguirlo, deshizo las ataduras ilusorias que lo mantenían quieto y se adentró al salón, con alma aventurera, como si explorara las profundidades submarinas cubiertas de negro. Caminó unos pasos, se posicionó en el centro del salón, escucho nuevamente atento.
El sonido se intensificó, ese chirrido se hizo más constante. Con sus oídos sensiblemente alertas olfateo el rastro sonoro. Era un tono persistente, un monótono sonido que se asemejaba al chillido in crescendo de un animal mitológico en plena agonía. Y este ser monstruoso volvió para acecharlo en la oscuridad, el miedo lo envolvió nuevamente, cedió cobarde y corrió hacia su cuarto sin mirar atrás. El sonido se fue perdiendo en la distancia, desapareciendo por completo. Llegó a salvo a su cuarto y al cabo de un rato pudo dormirse, pero no logró liberarse de aquel sonido en sus pesadillas, éste se moldeó en infinitas formas aterradoras.
Despertó con su cuerpo cubierto de sudor y rayos solares y con el corazón latiendo aceleradamente. Fue corriendo a buscar a su madre, la abrazó y ésta comprendió que algo ocurría, lo miró a los ojos y vislumbró el terror que el niño había sufrido. Éste señaló con su dedo el salón, e hizo un gesto para que lo acompañase, ella tomó su mano y caminaron hasta allí. Los pies del niño se encontraron en el exacto lugar en el que había estado el día anterior, señalo sus orejas, pidiendo a su madre que escuchara. Ella complaciente, le hizo caso, pensó que todo era parte de un juego, pero éste era algo más serio y crucial de lo que creía. Silencio, nada más que silencio, el niño empezó a desesperarse, se preguntó como era que ahora no escuchaba nada.
Vaciló por un momento al concebir la ingrata idea de que el sonido había provenido de dentro suyo, que era el único capaz de escucharlo, que era una tortura autoimpuesta o que lo más profundo de su ser intentaba decirle algo mediante el uso de vocablos guturales.
Su madre le dijo que tenía que cocinar, que bastaba con el jueguito, que ya la estaba asustando, que no comprendía lo que fuera que quería que comprendiese, que hablara si necesitaba decirle algo, que su cara inmutable sin voz la exasperaba. Y se fue a la cocina dejándolo en soledad consigo mismo. Se puso furioso, recorrió todo el salón con sus orejas alertas a la menor vibración sonora.
Pero nada, su búsqueda auditiva fue en vano, se desinteresó por la cuestión y retomo su rutina diaria. Fue a la escuela (la odió como siempre), regresó a su casa (harto de sus compañeros), hizo los deberes (obligado por su madre), miro algo de tele (para matar el aburrimiento), cenó junto a sus padres (en profundo silencio).
Y ahora se encontraba otra vez, parado en el umbral que da al salón, en los preparativos de su arriesgado viaje, pero algo era diferente. La curiosidad se hacía inmensa, estaba decidido a desentrañar el misterio. Se adentró serenamente en la oscuridad y ahí percibió el sonido. Siguió el ruido sigilosamente como un sabueso de caza que persigue a su presa. A medida que se acercaba, sus tímpanos sentían más rabiosamente el efecto sónico.
Encontró al fin su origen, uno de los bancos de madera que su padre había construido hace unas semanas, se había sentido orgulloso al prestarle laboriosa ayuda alcanzándole una por una las piezas que ahora construían su tormento.
Su primera impresión fue la de encontrarse frente a frente con un objeto vivo antes inanimado, confió entonces en las viejas palabras de su abuela que decían que todos los objetos poseían un alma propia.
Inclinó su cabeza por sobre la superficie del banco, pegó su oreja a la madera, escuchó con atención ¿qué significaba aquel extraño sonido? ¿Qué lenguaje de antaño era aquel? Millares de palabras en lenguas desconocidas se asomaron en su pensamiento, se preguntaba si acaso eso no era latín o el idioma perdido de un imperio derrocado.
Sería tan afortunado de encontrarse ante una oportunidad única en su vida, pensó. Sería acaso el elegido para prestar escucha a algún secreto universal, el más glorioso oyente de la composición magistral de toda la orquesta cósmica. ¿O tan sólo sería el canto apagado, último lamento de aquel desgraciado árbol que termino siendo de profesión mueble?
Todas estas hipótesis surgían abruptamente en su cerebro, comprendió por primera vez el verdadero significado de la filosofía, se sintió primerizo en la construcción de una leyenda, creyó que lo que estaba a punto de descubrir era de tan vital importancia para la humanidad que obtendría fama y reconocimiento mundial y su nombre tendría lugar en los tediosos libros que él y sus compañeros de clase eran obligados a leer.
Pero el misterio seguía intacto, todavía lejano, el taladro sónico seguía vigente, tuvo la sensación de que sus oídos se descomponían en partículas. Preso ahora de un calor infernal que recorría todas sus extremidades, se sentía con los pies lejos de la tierra y su cabeza seguía inevitablemente pegada a la madera.
El sonido cesó de pronto, pareciera que el ser que vociferaba aquello percibió la intrusa presencia. Pasaron minutos en silencio, como si ambos lo hubieran pactado. Pero el niño ante lo todavía desconocido y que ahora callaba, sintió exasperación. Estalló en furia, su alma iracunda lo hizo tomar el banco de madera y reventarlo con todas sus fuerzas contra el piso. La madera se desparramó y quedó inerte sobre el piso, siguió partiendo lo que quedaba del banco. El ruido era estruendoso, tanto así que su padre fue a ver que pasaba, prendió las luces del salón y vio a su hijo como jamás lo había visto, gritando desaforado, enojadísimo, como un demente haciendo estallar madera y volar astillas. Fue corriendo hasta él y lo contuvo es sus brazos, su hijo estalló en lágrimas de impotencia, aún no había descubierto que era aquello que hacía aquel tortuoso sonido. El padre observó su obra carpintera totalmente hecha pedazos, algo se movía entre éstos, se escuchó de ese algo un chillido, que se hacía constante, “es un gusano de la madera” vociferó su padre.
Así, su delirio imaginativo se desvaneció como el aserrín mítico tragado por aquel maldito insecto, producto de la tan insulsa ciencia.
Así, insultó a su padre, pero más tarde en su vida le dedicaría cien alabanzas, pues ese fue el día en que descubrió el verdadero sentido de su vida, se animó por fin a hablar, encontró su voz perdida, aterrizó en el mundo con la presencia omnipotente del albatros, se llamó a si mismo poeta y se dijo que dedicaría todos sus esfuerzos a la bella concepción de trazos lingüísticos que unieran el mundo intangible al que se sintió siempre afín con el mundo de los hombres del que ahora se sintió parte.

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