viernes, 5 de marzo de 2010

De la vida antes y después de la muerte

Lejanas y etéreas voces llegan a nuestros oídos habladas por fantasmas que concebimos de carne y hueso a la distancia.
Extendiendo los brazos no logramos alcanzarlos, se mueven en una dimensión distinta a la nuestra.
Respiran de otra atmósfera.
Se sofocan de frases ajenas.
Sus pensamientos se forjan de materia gris prestada.
Mi mirada los atraviesa, los vuelve traslúcidos cual cristalina agua, dos córneas se empapan de ellos, su reflejo los complace, los dociliza.
Algunos saborearían la tierna carne con gusto morboso, la perversión es el amo en sus cabezas, los seduce a jugar en sus oscuros aposentos.
Creen estar conscientes en sus lúcidos despertares.
Que su manera afecta la de sus cercanos.
Se engañan a sí mismos, creyendo engañar a los otros.
Se observan entre ciegos glóbulos oculares, jueces de vista certera, indiferentes a la indiferencia inherente a sus miradas.
Entre miríadas de emociones de las que nunca se apropian y a las que nunca con gusto exhalan en halos luminosos, se pierden ahogados en la adormecedora oleada de la existencia siendo conscientes de su inconciencia.
Así se esfuerzan en vano, esperan un final digno, reconfortante, se hunden más en el lodo de la desgraciada monotonía, que de hastío fue amablemente concebida…
Pero mueren y esto no resulta tan gratificante, muero y esto me resulta igual de curioso.

Atravesando el umbral, espero ansioso el encuentro con los muertos.
Pero sólo a mi encuentro se presentan seres vivos de piedra.
Pensé en la eternidad, en la promesa paradisíaca de la inmortalidad.
No sería infinitamente recordada toda una vida, sino siquiera un instante.
Un único momento repitiéndose en el tiempo, y el espíritu con gozoso placer siendo consciente de eso vivido una y otra vez.
Así es que los muertos pactan, se les da la oportunidad de vivir una vez más.
Vivir en un solo recuerdo, el que ellos deseen. Hecha la elección es llamado el artesano a diseñar con ojo hábil y agudo y a esculpir en piedra con delicadas manos la materialización de ese recuerdo.
Es una mujer que parece fotografiada, la que otorga el permiso a los espíritus para ser grabados en carcazas petrificadas.
Creí cierto entonces que el Edén no es más que un gran jardín de piedra, donde almas suspendidas en sus más preciados momentos vividos, recuerdan eternamente. Se compadecen en el deleite ajeno, pues actúan en su inmortal recuerdo y contemplan en un mismo tiempo la memoria absoluta de los otros.
Unos rememoran en vida, otros mueren en sus recuerdos.

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